En las últimas semanas, la noticia de una agresión en un centro educativo de Santander ha puesto de nuevo sobre la mesa una pregunta que nos afecta a todos: ¿son las escuelas lugares seguros para nuestros hijos? Cuatro estudiantes agredieron, insultaron y vejaron a un compañero con parálisis cerebral, un hecho lamentable que nos obliga a reflexionar sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo, especialmente en lo que respecta a la inclusión y el respeto en nuestras aulas.
Mi respuesta, rotunda y clara, es que sí, las escuelas siguen siendo los lugares más seguros para los niños y niñas, especialmente para aquellos que tienen alguna discapacidad. Las escuelas son, en la gran mayoría de los casos, espacios donde se fomenta el aprendizaje, la convivencia y el respeto por la diversidad. Sin embargo, es fundamental que se sigan creando estrategias proactivas para que estos incidentes no se repitan, y que sigamos avanzando en el camino hacia una educación inclusiva.
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Autor, LeandroDeCarvalhoDe uso gratuito bajo la Licencia de contenido de Pixabay |
El debate sobre bullying
Este mismo domingo, en el marco de las #CharlasConIngrid, Ingrid Mosquera y un grupo de docentes y educadores nos reunimos para discutir cómo la sociedad está cambiando y, lamentablemente, cómo muchas veces normalizamos las agresiones, el bullying y la exclusión, sobre todo cuando las redes sociales amplifican estos comportamientos.
Lo que quedó claro en este espacio participativo es que la prevención es clave. No basta con reaccionar cuando ya ha ocurrido el daño. Es necesario actuar en los centros educativos desde la base, con programas de concienciación, con la implicación de las familias y de la comunidad educativa en general. Es urgente un cambio de mentalidad, un cambio cultural en el que el respeto y la inclusión sean la norma, no la excepción.
Microagresiones: Un veneno silencioso en la educación
Aquí quiero detenerme en un concepto que me parece fundamental: las microagresiones. A menudo, nos centramos en los grandes actos de bullying, en las agresiones físicas o verbales evidentes, pero las microagresiones son el veneno silencioso que se cuela en la vida diaria de nuestros estudiantes, muchas veces sin darnos cuenta. Estos pequeños gestos, comentarios o actitudes pueden tener un impacto devastador en el desarrollo emocional y en el aprendizaje de los estudiantes, especialmente aquellos que ya son vulnerables.
Pongamos algunos ejemplos:
El comentario "¡Pobrecico, qué pena!" cuando un niño con parálisis cerebral se muestra en público. Este tipo de comentario, aparentemente inocente, refuerza la visión paternalista y capacitista sobre la discapacidad, sin tener en cuenta que este niño es mucho más que su discapacidad.
El gesto condescendiente de un profesor al referirse a un alumno brillante con el término "ahí está el listillo", simplemente porque hace preguntas adicionales o muestra un interés intenso por un tema. Este comentario no solo minimiza el esfuerzo del alumno o alumna en concreto, sino que también puede fomentar el rechazo de los demás compañeros, sembrando las semillas de la exclusión y del bullyng directo o cómplice,
El silencio ante la exclusión. ¿Cuántas veces hemos visto a un alumno quedar al margen de una actividad o proyecto sin que nadie intervenga? El simple hecho de no actuar en esos momentos valida la microagresión y perpetúa el ambiente de desconfianza y rechazo en las aulas.
Lo más grave es que las microagresiones no se ven. Son invisibles, pero su impacto es real. A menudo validamos estas actitudes sin querer, lo que dinamita cualquier esfuerzo por crear un entorno de aprendizaje inclusivo y equitativo. Los profesores, las familias, todos los miembros de la comunidad educativa, debemos ser modelos a seguir. Si no damos ejemplo, si no actuamos de manera proactiva para evitar estas situaciones, estamos siendo cómplices de la exclusión. El silencio es también una forma de validación.
El DUA es un enfoque proactivo para combatir las amenazas en el aula
Es en este contexto donde entra el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), un modelo que nos invita a repensar cómo estructuramos nuestras aulas para que todos los estudiantes tengan acceso, participación y progreso en su aprendizaje, independientemente de sus necesidades o características.
El DUA nos habla de minimizar las amenazas que puedan surgir cuando un estudiante se siente excluido o no comprende el contenido. Según DUA, en la consideración 7.4, debemos estar atentos a esos momentos cuando un alumno se enfrenta a un contenido que no comprende o cuando se siente incapaz de participar en la actividad. Estas amenazas, invisibles pero presentes, se producen constantemente y pueden estar relacionadas con el sistema de evaluación, con la falta de recursos o con la exclusión social dentro del aula.
No podemos seguir permitiendo que esas microagresiones socaven los esfuerzos de inclusión que tanto buscamos. Es necesario crear aulas donde cada alumno, con sus dificultades y fortalezas, pueda expresar, participar y progresar sin sentirse juzgado, sin ser minimizado y, sobre todo, sin sentirse excluido del derecho a aprender. La respuesta no está solo en planes de prevención, sino en un enfoque proactivo que empodere tanto a docentes como a alumnado y familias para ser conscientes de las microagresiones y erradicarlas de forma colectiva.
Proactividad, modelos y acción
Lo que necesitamos es un cambio cultural, una educación inclusiva de verdad. Este cambio no se logra solo con programas grandes de prevención, sino con la construcción de un clima educativo que se base en la inclusión, el respeto y la empatía. Y para eso, necesitamos que todos seamos parte activa en el proceso. No podemos seguir esperando que el sistema cambie por sí mismo o a través de grnade s programas institucionales, Cada uno de nosotros y nosotras, somos agentes desde nuestra posición, para poder de transformar la educación, para poder trnasformar la escuela.
Así es que, profes, familias, alumnado, estudiantes, aprendices de todo tipo… actuemos desde dentro, desde lo más cotidiano, desde esas microacciones que, día a día, validan o cuestionan nuestras prácticas.
Que no sean nuestras palabras las que marquen la diferencia, sino nuestras acciones y comportamientos.
No es suficiente con pedir que la escuela sea inclusiva, debemos vivirla en cada gesto, en cada clase, en cada interacción.